Del efecto Venturi al kleenex y viceversa

El tubo de Venturi es un dispositivo para medir las velocidades y los gastos de fluidos a través de las conducciones de los mismos.

Consta de un dispositivo con un tubo manométrico , capaz de medir la diferencia de las presiones en dos puntos distintos, A y B, en los cuales las secciones de la conducción son S-1 y S-2, supuesta la conducción en  posición horizontal.

(Poner aquí la fórmula)

Es decir y en cristiano: Si se tapa uno de los orificios de la nariz y  expulsa el aire con violencia, no sólo sale el aire a presión, sino que también son arrastrados por la succión producida, todos los mocos, costras y demás que hubiera por los alrededores de las cavidades naso bucofaríngeas.

Esto que al principio puede parecer fácil, no lo es tanto, pues manejar la presión casi se hace solo, pero controlar la dirección de salida ya es harina de otro costal.

Al principio, cuando se utiliza sin práctica y uno sopla con fuerza y decisión,  el aire sale veloz y se lleva los mocos, pero lo más probable es que terminen todos esparcidos por nuestra impecable indumentaria, salpicándola desde arriba hasta abajo. ¡Qué triste imagen y qué falta de maestría!.

Luego, andando el día y después de haberse limpiado a conciencia, -un moco seco en una prenda de lana suele ser inasequible al detergente- se va probando poco a poco y con gran tiento, -ya sabes lo que pasa con violencia-  uno aparta el cuerpo, lo deja atrás según va caminando, se contorsiona, adelanta la cabeza,  y girando todo el cuerpo hacia la cuneta o al sembrado más próximo, sopla con fuerza tapando un orificio y alargando hacia atrás una pierna y………aquello es otra cosa. ¡¡Ya logramos lanzar nuestra andanada a metro o metro y medio y el cuerpo inmaculado!!. Pero, ¡cuidado!, siempre debemos soplar a sotavento, pues en caso contrario con un leve Solano o Cierzo duro, de nada nos servirán las contorsiones.

Y a probar, que el camino es abundante en eso de las mucosidades y la expectoración; pero esta es otra cosa, que la flema, vulgo lapo, es tema de otra historia.

Al cabo de dos días, ya podemos lanzar las secreciones nasales al punto apetecido; tenemos puntería y no es como al principio,  que lo mismo salpicábamos al de al lado, que las dejábamos colgando en alguna espiguilla que crece despistada al lado de la senda.

Ahora podemos dirigir el misil a tres o cuatro metros, con limpieza, con gracia y con esa soltura con que el protagonista de una película de vaqueros se lanza del caballo después de enlazar una becerra para marcarla, y todavía con el hierro humeante en la mano, sonriente y siempre muy peinado, se dirige a la chica.

Ése es el fin, ¡a ver si lo aprendemos!. Como si fuera un paso de ballet. La potencia con gracia. Un passe a deux, con moco.

Todo consiste luego en pasarse el dorso de la mano por la cara, mejor si llevas guantes, y hacer con elegancia una última pasada…….. y limpieza impoluta.

Al hombre primitivo, principio de Homo sapiens, se le caía el moco y no pasaba nada. Correr a guarecerse delante del mamut era lo importante y lo demás, pues pura fruslería.

Entre la supervivencia y la elegancia, se lo tenía muy claro y siempre optaba por la primera.

Ya en tiempos más cercanos, como quien dice ayer, hace unos diez mil años, el hombre empieza a cultivar la tierra y a sembrar sus judías y patatas y no hay mejor disculpa para parar de tanto en tanto,  para quitar cansancios y para respirar hondo, que con torpeza al principio, lanzar mocos al aire.

Así, con lentitud, pero con mucha paciencia, sabiendo que se tienen siglos por delante, se va perfeccionando el efecto Venturi, aún no descubierto.

Los griegos con su filosofía y los romanos a golpes de su imperio, discurren y propagan, primeros y segundos, el nasolanzamiento y cada uno en su estilo, lo adelanta y pule con histórico esmero.

Los árabes con sus sedas, sus fuentes y sus perfumerías, intentan abolirlo, pero el cristiano es terco y su ropaje oscuro y resistente.

En grandes caminatas de peregrinación, si hay un placer certero, es limpiarse los mocos con soltura y lanzarlos al viento; primero de una fosa nasal luego de otra. Un placer a voluntad repetible y que milagrosamente no es pecado.

Y así sigue la historia, hasta que los románticos,  enfermos,  inventan el pañuelo de lino y con puntillas.

¿ Puede haber más repelente contradicción , que un trozo inmaculado de tela con sus blondas, y en medio una mocada medio verde y pastosa ?.

La moda no dura mucho, justo hasta el siglo XX. ¡Ah el siglo XX , siglo de los inventos, qué sería de nosotros sin su curiosidad y sus patentes!.

Es precisamente en ese siglo XX, cuando Venturi y su equipo descubren el “efecto” y hasta nos lo formulan con puntos y con comas.

El pañuelo va de capa caída, aunque con altibajos y se arrastra presintiendo su fin que ya se acerca.

En efecto, en ese siglo XX  se inventa el Corte Inglés y en él prospera el Kleenex, moderno y desechable, ¡ya era hora!, que nos viene a salvar de aquellas marranadas metidas en los bolsos o asomando indiscretas en el bolso de arriba de alguna americana, herencia impenitente de un difunto mayor.

El invento es perfecto. Es suave, ligero y desechable. Al cabo de unos años resulta barato y su distribución perfecta. Se le puede encontrar en cualquier tienda, en cualquier almacén,  en cualquier droguería y hasta llega a la calle y hasta el coche. No hay nada más que ver,  que no hay semáforo que se precie que no tenga su pobre que va vendiendo Kleenex  hasta que salta el verde y otra vez a empezar.

¡Qué más puedo decir!. Ya no tengo alabanzas. Ya no tengo adjetivos para tamaño invento. Hasta en caso de apuro, se le puede pedir uno al vecino o a la vecina, que tanto da, y aquí no pasa nada. ¿Se imaginan Vds. hace un tiempo, pidiéndole prestado a un prójimo su pañuelo?. ¡¡ Qué vergüenza!! Ahora sin embargo con el Kleenex es cosa natural y comprensiva.

Lo recuerdo muy bien: Cuando empecé mi viaje hacia Santiago, una de las cosas previstas que metí en la mochila, fueron varios paquetes de estos paperulitos plegados con ingenio. También me coloqué dos paquetes pequeños en los bolsos del chaleco y así aprovisionado, feliz y a caminar.

Pero una cosa es el dicho y otra distinta el hecho.

Justo cuando salía de Agés camino de Atapuerca, en campo burgalés, caía un chaparrón sin restricciones que haría las delicias de sapos y de ranas.

Las gafas empañadas, la nariz que gotea y otras calamidades parecidas, no son aconsejables para un buen caminar mirando al interior; uno así se distrae y no serena el alma.

Como si de una revelación se tratase, me acuerdo de los Kleenex,  más no los tengo a mano; están bajo la capa que apenas me defiende del agua impenitente. Lo intento por abajo y logro llegar hasta un bolsillo alto que contiene un paquete; ¡Estoy salvado!. Lo saco con cuidado a la intemperie y tropiezo en un vado, por despiste y muy poca visión y el paquete va al barro y queda sumergido hasta las cejas, y mi gozo en un pozo.

Para sacar otro paquete con alguna probabilidad de éxito, tengo que despojarme de la capa y con lo que está cayendo es imposible, así que resignado decido caminar hasta un punto al resguardo y allí con gran placer liberarme del  agua de las gafas y sonar mi nariz. Pero el resguardo no llega, y camino y camino más de una hora y entre el agua de afuera y el sudor de mi cuerpo, ya no sé si el agua está entrando o saliendo de mis ropas; estoy más que empapado; estoy llegando a náufrago.

A lo lejos diviso en dirección a Olmos de Atapuerca, un conjunto de árboles chaparros que rodean un caseto derruido, pero con algo de tejado en lo alto y hacia allí me dirijo.

Bajo las exiguas tejas, me resguardo del fragor de la lluvia y casi sin poder, me despojo de la capa rasgada y dejo la mochila a su resguardo, mientras ávido busco mis Kleenex salvadores que vienen en mi ayuda. En efecto, encuentro el primero y rápido lo llevo a mi nariz, pero es papel mojado y lo único que hace es extenderme los mocos por la cara Rápido cojo otro que parece más seco e intento secar las gafas, pero sólo consigo trocitos de papel pegados a los cristales; rebusco más paquetes buscando kleenex secos, pero su maravillosa cualidad de absorbentes, los ha puesto empapados; no me sirven de nada; me falla la patente, me abandona la técnica y la ciencia de modo lamentable en medio de la lluvia, debajo de un chaparro a media tarde.

Busco todos los Kleenex, los hago una pelota, y los lanzo a un regato que discurre no lejos del refugio.

Me vuelvo a sotavento desprovisto total de mi modernidad y poniendo mi dedo en la nariz, soplo con fuerza…. y todo se despeja, todo vuela y ya todo está bien!.¡¡ Esto funciona !!

Doy gracias a Venturi por su invento, y cogiendo la capa y la mochila, como en los viejos tiempos, prosigo mi andadura, Burgos cerca .

 

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